miércoles, 20 de marzo de 2013

¡Guau!


Caminando por mi barrio, con el traqueteo musical del carrito de Rosario, me encontré con este dispositivo armado por un vecino. Debería aclarar que en mi barrio hay muchos perros, cientos de millones de caninos con necesidades excretorias varias. Esto despierta la ira de muchos vecinos que ven sus veredas como campos minados pero, al mismo tiempo, despierta la creatividad y, porque no, el deseo de hacer contacto, de sensibilizar y comunicarse con los acompañantes humanos para lograr un acuerdo.

Cuando pienso en comunicación y en el universo de ideas que la rondan, siempre se presentan dos palabras casi como adosadas: participación  e involucramiento. Participación como presencia constante en los temas que interesan, que nos afectan. Digo presencia como atención, como deseo de comprender, conocer para poder tomar posición y desde allí ser actor del cambio. Y pienso en involucramiento, como la necesidad de salir del confort de la opinión para comenzar a transitar y atravesar los procesos.

Creo que la comunicación implica una gran dosis de afecto, de paciencia y, en cierta forma, de creer que las transformaciones son posibles (supongo que este vecino creativo sabrá bastante del tema). Al mismo tiempo, participar e involucrarse son instancias vitales para poder hacer contacto con el otro. Para comunicarnos tenemos que entregar algo del mundo propio, atrevernos a exponer y a exponernos.

La mirada, nuestra experiencia, la forma de creer o sentir, exponernos es entregarse un poco, confiar para construir espacios de diálogo sincero y respetuoso. ¿Es posible? Creo que sí.

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