Caminando
por mi barrio, con el traqueteo musical del carrito de Rosario, me encontré con
este dispositivo armado por un vecino. Debería aclarar que en mi barrio hay
muchos perros, cientos de millones de caninos con necesidades excretorias
varias. Esto despierta la ira de muchos vecinos que ven sus veredas como campos
minados pero, al mismo tiempo, despierta la creatividad y, porque no, el deseo
de hacer contacto, de sensibilizar y comunicarse con los acompañantes humanos para lograr un acuerdo.
Cuando
pienso en comunicación y en el universo de ideas que la rondan, siempre se
presentan dos palabras casi como adosadas: participación e involucramiento. Participación como
presencia constante en los temas que interesan, que nos afectan. Digo presencia
como atención, como deseo de comprender, conocer para poder tomar posición y
desde allí ser actor del cambio. Y pienso en involucramiento, como la necesidad
de salir del confort de la opinión para comenzar a transitar y atravesar los
procesos.
Creo que
la comunicación implica una gran dosis de afecto, de paciencia y, en cierta
forma, de creer que las transformaciones son posibles (supongo que este
vecino creativo sabrá bastante del tema). Al mismo tiempo, participar e
involucrarse son instancias vitales para poder hacer contacto con el otro. Para
comunicarnos tenemos que entregar algo del mundo propio, atrevernos a exponer y a
exponernos.
La
mirada, nuestra experiencia, la forma de creer o sentir, exponernos es entregarse
un poco, confiar para construir espacios de diálogo sincero y respetuoso. ¿Es
posible? Creo que sí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario