Ser
comunicador es una profesión de riesgo. Digo profesión cuando debería decir
atributo, y digo de riesgo porque en la práctica se juega el cuerpo y la
palabra.
Llegué a la
carrera de Ciencias de la Comunicación digamos, de casualidad. Tenía 17 años y,
como buena hija de libreros, quería seguir en el mundo de las palabras. Sufrí
los primeros años, la adaptación fue difícil, no tanto por el estudio o el
esfuerzo, tal vez sí por la particular forma de hacer el recorrido. En los
últimos años, ya más madura, comencé a disfrutar todos los momentos.
Durante la
cursada de una materia del último año me cruce con un texto muy corto que tuve
que leer muchas veces para comprenderlo. La
comunicación es el momento relacionante de la diversidad sociocultural y las
estrategias son dispositivos de cambio social conversacional. Recuerdo que
cuando pude entender desde dónde estaba hablando, aluciné. Años de formación
universitaria comenzaron a hacer sentido en ese momento. Para mí, ese texto y
el trabajo de campo posterior, fueron determinantes para comprender,
interrelacionar, discutir y cuestionar autores, teorías, prácticas y comenzar a
transitar mi propio camino profesional (y por qué no, personal).
Cuestionar,
indagar y sacudir las miradas y prácticas establecidas implica poner el cuerpo
y dejarse atravesar por los sentidos en discusión. Creo que hacerse cargo de
las posturas, argumentar e involucrarse en el diálogo es una forma de llenar de
afecto nuestras prácticas, de darle matices y textura a nuestro “estar siendo”
comunicador.
Esta
profesión, esta forma de estar siendo comunicadora, creció en mí alimentada de
miles de experiencias académicas, personales, familiares, que se fueron
conectando, a veces de forma azarosa (¿acaso existe el azar?) para permitirme
navegar en este mundo fluido, a veces flotando en la orilla y otras (las
ansiadas), buceando en las profundidades de la complejidad y el encuentro.
Si te interesa conocer un poco más del tema.

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