Hace unos
cuantos días que estoy alejada del trabajo. Mi hija de 11 meses fue operada del
corazón y nuestra vida se detuvo por un par de semanas. Ahora estamos de vuelta
en casa, sanando y recuperándonos de más de un año y medio de estrés constante.
Haber
transitado esta experiencia me hizo reflexionar sobre la comunicación y la
salud, ámbito en el que trabajé profesionalmente durante un tiempo y al que
inevitablemente sigo ligada porque siempre queda el ojo entrenado para los temas que nos movilizan.
En los días
previos a la cirugía, durante la internación y el postquirúrgico, fue muy importante
tener paciencia para lidiar con el discurso médico sobre la problemática
particular de nuestra hija y los riesgos de la cirugía. Al mismo tiempo que nos
brindaron excelente atención y el cuidado, fueron pocos los profesionales que
pudieron sostener una mirada sensible y
comprensiva ante nuestra angustia como padres en un momento tan extremo. Pocos médicos
pudieron detenerse, explicar y, al mismo tiempo, cuidar el mensaje, elegir las
palabras para decir la verdad y no herir en exceso, o alimentar de más
fantasías que ya teníamos.
Más allá
del ámbito médico y la complejidad de los casos con los que los profesionales
deben lidiar, me pregunto si con el tiempo perdemos la sensibilidad para llevar
adelante nuestras prácticas ¿Es la repetición de las tareas? ¿Es la frustración
de no lograr los objetivos? ¿Cuándo dejamos de estar atentos de la existencia
del otro? ¿Cuándo el trabajo se vuelve hastío y el otro una entidad que
queremos evitar?
En las
horas de descanso, mientras mi pareja cuidaba de nuestra hija, me enganche con
estos videos de CUALCA que me daban un respiro de risa. Este es uno que habla sobre la pérdida
de sensibilidad, abunda en exageraciones y no tanto.
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